divendres, 30 d’agost de 2013

El Ejército egipcio desata la guerra sucia antiislamista



Article publicat a Diagonal Periódico:
“Probablemente se trate de una forma de democracia creativa que nunca antes hemos visto”. Con estas palabras defendía recientemente el asesor presidencial Mostafa Hegazy la deposición militar del islamista Mohammed Mursi hace ya cerca de dos meses. Dos meses en los que el país se ha sumido en la completa fractura social y en la que sus calles han experimentado el peor prolegómeno a una guerra civil que, si no llega a concretarse, será porque los aliados regionales, de uno y otro lado, temen demasiado las consecuencias que ello podría acarrear. Cientos de muertos, miles de detenidos y procesos abiertos en una apabullante cacería de brujas en lo que fuerzas policiales y militares, pero también sociales y mediáticas, han venido a denominar “guerra al terrorismo”.



Desalojo sangriento
El último charco de sangre se produjo a raíz del desalojo militar y policial de las acampadas que los partidarios del presidente islamista tenían organizadas en la mezquita cairota de Rabaa Adaweya y la plaza de El-Nahda. Según fuentes oficiales, el desalojo era imperioso puesto que las manifestaciones se habían alargado demasiado en el tiempo, no eran pacíficas y los allí acampados eran terroristas armados. Éstos lo niegan y afirman que mujeres y niños formaban parte del cuerpo de manifestantes. Según el Ministerio de Sanidad, 578 personas perdían la vida ese mismo día, aunque la cifra aumentó días después. 228 en el desalojo de la acampada de Rabaa, 90 en la de el-Nahda y 260 en los disturbios ocasionados en el resto de provincias. De éstos, 43 eran reclamados por el cuerpo de policía, el resto entraban en una disputa política sobre su pertenencia con vídeos cruzados mostrando quién desplegó mayor violencia mientras la oposición aplaudía y los militares se justificaban. “Cuando lidiamos con terroristas, la consideración de los derechos civiles y humanos no es aplicable”, afirmaría el portavoz del Ejército, Ahmed Aly. “Hoy Egipto alzó su cabeza”, afirmaría el Frente de Salvación Nacional, la coalición secular de oposición a Mursi.
En los violentos y armados enfrentamientos de los siguientes días al menos 173 personas más perderían también sus vidas ante una imparable deriva violenta que sumía, una vez más, al Sinaí egipcio en el total caos y descontrol.
En la polarizada deriva ‘mccarthista’ del país incluso la dimisión como vicepresidente primero del diplomático Mohammed el Baradei fue tachada de alta traición. De hecho, el premio Nobel de la Paz deberá sentarse el próximo 19 de septiembre en los tribunales bajo esa misma acusación. Acusación parecida a la que han recibido Esmaa Mahfouz y Esraa Abd el-Fattah, las dos activistas del grupo 6 de abril crítico con la intervención militar y contra quien la fiscalía ha abierto investigación bajo la acusación de espionaje para países extranjeros. El asesor mediático del presidente temporal Adly Mansour, Ahmed El-Moslemany, lo dejaba claro: “El lugar de quien ataque al Ejército está en las bolsas de basura, junto a tártaros y cruzados”.
Incluso los jóvenes de Tamarrod, quienes recogieron 22 millones de firmas contra Mursi y organizaron las marchas masivas del 30 de junio que justificaron la intervención militar, han sido objeto reciente de la razia judicial. La fiscalía ordenaba abrir investigaciones contra Mohamed Bader, portavoz del grupo, por unas declaraciones en las que este se oponía a la liberación de Mubarak. Pocas horas después Bader daba marcha atrás de sus declaraciones y reconocía respetar la decisión judicial. Mostafa Hegazy anunciaba el fin del “fascismo religioso” mientras el muftí de la república, el mubarakista Aly Gomaa, justificaba religiosamente el asesinato de los partidarios de Mursi y grupos pedían a los egipcios denunciar a los vecinos sospechosos de islamistas a través de las redes sociales.
Demonización del islamismo
La rápida y brutal demonización del islamismo político ha dado carta blanca a los militares, a quienes no se les puede negar haber logrado el respaldo de una parte importante de la sociedad en esta guerra sucia. El general Al-Sisi, jefe de las fuerzas armadas, ha resultado entronado por esta batalla y, mientras su retrato preside calles y mercados, algunos lo denominan el nuevo Abd el-Nasser, más por su brutal lucha contra el islamismo político que por cualquier otro parecido ideológico.
Mientras tanto, los líderes de los Hermanos Musulmanes iban ingresando paulatinamente en prisión. Grabaciones del Ministerio del Interior difundidas a los medios mostraban a los detenidos casi como trofeos ante un cuerpo policial que parece haber recuperado el terreno perdido en febrero de 2011. Caprichos del destino o tozudez de la propia realidad, ni 24 horas después de que se anunciara a bombo y platillo la detención del guía supremo de la Hermandad, Mohamed Badie, un tribunal cairota ordenaba la liberación del exdictador Hosni Mubarak. Aunque el proceso de liberación al presidente depuesto en de 2011 se iniciara bajo mandato de Mursi, la imagen no dejaba de esconder, simbólicamente, el espectacular cambio de papeles producido en el país en tan corto período de tiempo.
Y cuando eso sucede, una Casa Blanca completamente descolocada, y que demuestra día tras día el fracaso de su red de asesores, juega a amenazar a los militares egipcios con recortar los 1.300 millones de dólares anuales que entrega a las fuerzas armadas egipcias si la violencia no cesa. Lo hace evitando llamar golpe de Estado el cambio de poder sucedido y sin convicción, sabiendo que de esta colaboración militar depende su peso específico en la región. No sólo eso, cancelar los contratos derivados acarrearía millonarias indemnizaciones a las empresas armamentísticas de EE UU implicadas que la Casa Blanca no parece dispuesta a asumir. Además Tel Aviv presiona para que Washington se deje llevar por una política de hechos consumados mientras las monarquías del Golfo, con Arabia Saudí a la cabeza, prometen reponer con entusiasmo esa ayuda si Obama corta el grifo. No van a dejar que se les vuelva a escapar el pastel de ninguna de manera.



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